domingo, 17 de enero de 2010

El Canario Ahotado

Me encontraba descansando en mi casa nueva, lejos de mi chica y de mi hermano, mis más fieles aliados, cuando de repente llegó aleteando frenéticamente el Canario Ahotado.

Me había visitado antes, yo lo había buscado también en algunas ocasiones hace tiempo, cuando le tiraba panes y migajas para que se alimente, cuando era su sustento y me retribuía como sabía: con un aleteo ufano y radiante. Recientemente no había venido a visitarme, la última vez que se posó sobre mi jardín solo lo mire, mas no le di de comer nada. Se fue como llegó.

Descuidé y mal pagué su compañía fiel (al menos, aparentemente fiel) por mucho tiempo, no pensé que volvería a mi jardín después de tanto. Debe necesitar algo, pensé. Decidí esperar a que llegara otra vez, me anticipé y dejé esparcidos en el jardín pedazos de pan y migas, de las migas que le gustaban. Como había planeado, llegó pronto y comenzó a comer desesperadamente y al terminar me aleteó atrevidamente, no como antes. Algo andaba mal.

El Canario Ahotado viene desde muy lejos, desde un lugar al que nunca he ido y no tengo prisa por ir; vive con sus hermanos el Pavo Glotón y el Gallo Enano de Galpón. Muchas veces han venido con él a visitarme, pero nadie me ha caído tan bien como el Canario Ahotado.

La tierra donde vive está infestada por una gavilla de hampones, los Gavilanes Malhablados, abusivos y corrompidos por la vileza de sus perversiones (a las que llaman sueños); estos gavilanes son pájaros cobardes que huyen de su tierra natal porque por fin, después de tanto esmero, han conseguido que se vuelva una mierda insufrible. Huyen de la mala vida que ha impuesto el Gallinazo cubano muy cerca de ellos.

Rodeado por tremendos especímenes degenerados y torpes al hablar, El Canario Ahotado olvidó cómo cantar, olvidó cómo aletear vanidosamente, olvidó que era un ser inocente e indefenso y se convirtió en un Canario artero y ladino, traicionero, disfrazado de mi fiel compañero.

La vida en esa tierra fría e inhóspita es dura, muy dura para la corporalidad frágil de mi fiel ave. La corrompió también, milímetro por milímetro. De ala a ala. La convirtió en un objeto malicioso deseado por muchos y la destinó a ir ejerciendo un meretricio comedido (si es que existe) para conseguir lo que quería sin rendirle cuentas a nadie. Malentendió el lema sobre la libertad, tan difundido y adulterado por todo el pajarero jipato, loco y mixto.

Hoy fui sorprendido por mi Canario Ahotado, que ahora es un ave artera y forajida, cuando salía a darle la bienvenida. Cuando le iba a pedir que me mostrase una vez más su perfecta hermosura mientras nos divertimos jugando en el jardín como los amigos felices que éramos.
Sabía que hacía mal en confiarle mis confidencias, sabía que hacía mal disfrutando de su compañía, pero no podía alejarlo así como así, así como antes.

Gravísimo error, con mis tropas replegadas en Lima, diezmadas por la falta de comunicación conmigo, fui engañado y atacado a matar por el ave, por mi ave. Me arrancó los ojos mientras se deslumbraban con su aleteo eufórico. Me picoteó brutalmente las manos mientras me comunicaba con ella. Me perforó el pecho armada con mentiras y bajo efectos de la droga cegadora de la traición. Me decapitó tirando fuertemente de mi cabello. Luego voló.

Ahora mi cabeza exuda los últimos jadeos alocados en busca de ayuda y de venganza. Ciego, manco e incompleto me doy cuenta que fui un tonto, pero sigo fantaseando con ese Canario Ahotado revoloteando sobre mí.

viernes, 15 de enero de 2010

Políticas de represión

Hace poco en su columna en el diario El Comercio, Mario Vargas Llosa habló sobre “el otro estado”.

El otro estado es el de las drogas, el que se mueve por el narcotráfico y está constantemente en querellas contra el gobierno que intente imponérsele y doblegarlo. Pasó en México, pasará en toda América Latina si no da una solución inteligente al problema; la guerra pública no funciona, lo aprendimos de México que sufre cuantiosas pérdidas diariamente producto de la contienda, muchos inocentes mueren. Dicen los críticos que debe atacarse por lo bajo y usando a la policía y su unidad de investigación para reprimir y encarcelar a las autoridades que sirvan al otro estado y se encuentren imbuidas dentro del poder; pero eso es, sino poco probable, imposible. Los carteles han llegado para quedarse.

Ninguna guerra sería solución al problema. Toda guerra, como bien deja a entender Mario, está condenada a perderse, toda guerra genera muerte y destrucción sin distinción de culpabilidad o inocencia. Mueren narcos y son reemplazados rápidamente. No se puede luchar contra un estado de drogas tan preparado y tan infiltrado en los poderes del gobierno, un estado independiente que controla cargos importantes relativos a seguridad. Aún más si se utiliza a las fuerzas armadas, movilizándolas a una contienda para la cual no han sido preparadas y provocando un escurrimiento seguro de la mafia dentro del ejército, lo que empeoraría las cosas.

Mario Vargas Llosa comenta: “No es un problema policial sino económico (…) Las victorias que la lucha contra las drogas puede mostrar son insignificantes comparadas con el número de consumidores en los cinco continentes.”

Totalmente de acuerdo. El mercado de las drogas va abriéndose paso sin distinción alguna de clase, tanto en países desarrollados como subdesarrollados; rindiéndole al estado de las drogas grandes ganancias con lo cual seguir su campaña expansionista.

La solución, según se plantea en la columna, sería la descriminalización del consumo de drogas. Una idea que ha venido flotando en el aire desde hace ya mucho tiempo y que se presenta como la única solución efectiva al problema del narcotráfico y a la violencia que provoca.

Tiene sentido, en mi modesta opinión, puesto que el dinero que se emplea en políticas represivas podría ser mejor usado en campañas de educación, concientización e información o, en el peor de los casos, en políticas de rehabilitación. La legalización entraña peligros; sin embargo, con acertadas campañas de prevención se podría contener y contrarrestar lo que Vargas Llosa llama: un fenómeno pasajero entre jóvenes y niños.
Desde el punto de vista económico sería favorable, porque el dinero que ha hecho millonarios a tantos traficantes durante la política de represión ahora circularía legalmente.

Una política de represión nunca funcionará, no se puede reprimir el deseo del hombre a consumir. Así quiera consumir productos dañinos como el alcohol, el tabaco o la marihuana; no se puede solucionar un problema con otro problema, pues al reprimir el consumo lo único que se consigue es que aumente el tráfico ilegal y aumente el precio del producto y sin embargo, se reduzca la calidad, causando muchas veces la muerte. No se puede despojar a las personas del derecho a consumir libremente.

Similar problema ocurre ahora que el Ministro de Salud ha propuesto un absurdo: aumentar casi en siete veces la carga impositiva de los cigarrillos con el fin de reducir el consumo de tabaco porque, ciertamente, daña la salud. Si eso llegara a pasar se les estaría obsequiando generosamente colosales cantidades de dinero a los contrabandistas, porque tengan por seguro que el consumo de cigarros no se va a reducir y el gobierno no va a ganar casi nada porque todas las transacciones se realizarán clandestinamente.
Si se intenta controlar el consumo de tabaco pueden crearse campañas efectivas de información y educación, mas resulta descabellado trazar un impuesto tan alto que, si bien es cierto, de acatarse generaría ingresos cuantiosos que podrían ser destinados a implementar centros oncológicos u hospitales del estado, es altamente improbable que se acepte pagar el doscientos porciento del impuesto como está establecido.
Pasará como en el primer gobierno de Alán, los traficantes se vestirán de ambulantes y venderán cigarrillos manipulados a un precio más aceptable.

No puede ser que por desidia y corrupción sigamos creyendo en políticas tan trajinadas y absurdas como resulta ser la de represión. Por la demagogia ética de politiqueros no podemos retroceder. Tenemos que afrontar los problemas con soluciones reales, efectivas, inteligentes, en pro de un desarrollo en la democracia del país y de una inexorable lucha contra la corrupción, que tanto reprime y juega con nuestra libertad.

“No son razones éticas, religiosas o políticas, sino el crudo interés el obstáculo mayor para acabar con la arrolladora criminalidad asociada al narcotráfico, la mayor amenaza para la democracia en América Latina”: concluye Mario.

Y es que en América Latina tomamos decisiones en base a los intereses de quien esté en el gobierno, de quien tenga el poder; mientras existan personas que vivan de las políticas de represión (que sean parte de ellas y las defiendan) y tengan suficiente poder político como para evitar una probable descriminalización y exista gente que se oponga por cuestiones éticas al consumo, el estado del narcotráfico seguirá echando raíces, creciendo vigoroso y prosperando infamemente, minando así la democracia y activando una bomba de tiempo que explotará cuando al fin el gobierno se de cuenta que es necesario librar una guerra perdida.

domingo, 10 de enero de 2010

Fiebre esnob

Son las dos y cincuenta y seis y yo no consigo conciliar el sueño, acabo de llegar de la casa de mi chica después de haber ido a caminar por San Isidro derrochando energía en el Olivar como un niño altamente intoxicado (o sea como en mi pubertad) y de haber cocinado presurosamente y comido no menos aceleradamente para por fin, y luego de una hora y media de viaje, llegar a mi casa y postrarme hasta la tarde de mañana o hasta que mi chica me despierte con una llamada para invitarme a almorzar.

Yo sé que es sábado y que a las personas les gusta divertirse los sábados toda la noche hasta perder el conocimiento, está bien que lo hagan, siempre es bueno disfrutar del día y luego perder el conocimiento para despertar despejados y felices; no me parece mala idea.

Pero habiendo tantos lugares en Lima para divertirse y doparse hasta más no poder por la más mínima cuota de pago ¿Por qué cojones hacerlo en La Molina? donde no hay nada interesante y las octogenarias vecinas podrían morir del susto si se les despierta tan bruscamente en la madrugada.

Entiendo que busquen privacidad, pero también hay en Lima una diversa cantidad de hoteles y hostales donde pueden encontrarla lejos de mi casa y de mis vecinas achaquientas. Si los escolares pueden congregar tremendas orgías en horario de clase y nadie les dice nada, ¿qué les hace pensar que será mala idea intentar?

Acostumbro a mandar a lavar mi ropa (porque soy muy holgazán para hacerlo yo mismo) los sábados, pero dado que este sábado era especial porque llegaba de viaje mi chica después de haber departido, seguramente, tiempo de calidad con su mamá y yo no quería desperdiciar el preciado tiempo que me restaba del día luego de levantarme de la cama a las dos de la tarde, lo olvidé por completo.

Acostumbro también bañarme antes de dormir, más aún luego de haber caminado por mucho tiempo y de haberme expuesto a las destemplanzas climáticas de Lima la loca (y fea) y antes de bañarme reviso (por lo menos los sábados) la ropa recién lavada para escoger con qué buzo, short, bóxer (o calzoncillo) pasaré la noche. Oh, mierda. No hay ropa limpia. Me refrendo duramente por ser tan despistado e idiota, rebusco desesperado algo que pudiera ser útil hasta que encontré un buzo azul presentable y limpio, o al menos más limpio que el resto de cosas, y orgulloso por mi proeza me lo pongo contento, olvidando el porqué estaba limpio, o abandonado.

Nunca he entendido la razón por la cual los buzos tienen una malla interior, cuando compró alguno (casi nunca) lo despojo de esa pieza inservible e incómoda, pero dado que este buzo sin la malla sería no menos que un pedazo de franela semitransparente, entiendo el porqué no se lo quité.

Dadas las deplorables circunstancias no me quejo y me convenzo que debo dormir rápido para evitar sentir el apretón genital que significa usar ese buzo azul olvidado; rápidamente trepo a mi cama, pongo un poco de paz en la zona de guerra y cierro los ojos para por fin descansar después de tan agotador día.
Doy vueltas como loco, no puedo ignorar la tortura maligna que me escarmienta por olvidar mandar a lavar la ropa, o por usar tanta en tan poco tiempo y ponerla tan mugrienta. A penas y puedo dormitar con la angustia de que despertaré castrado y mi chica ya no me querrá, cuando los oí llegar en un estrepitoso y descarado Yaris rojo bastante putón.

No les prestaba mucha importancia porque tenía asuntos de urgencia en los cuales abstraerme, pensaba que se irían, pero no. Estacionaron justo en frente de mi casa. De tantas cuadras, de tantas casas con ancianos reumáticos, de tantos parques de La Molina, de tantos distritos tuvieron que venir a parar impunemente a mi casa.

Espié un poco por el balcón, son dos hombres y cuatro mujeres (vivir la vida con B grande) y están bebiendo cervezas y fumando cigarrillos mientras oyen en la radio las, seguramente, novísimas canciones de reggaetón y cumbia. Se la pasan de lo mejor, cada chico abrazando a dos (algo ebrias) chicas danzantes y felices. Los miro por un rato esperando inútilmente que algún vecino salga armado y arme tremendo culebrón para olvidar el dolor urogenital que me aqueja por culpa de mi descuido.

Fumo un cigarrillo Lucky, de los Black Series. Interesante idea esta de reducir el tamaño de los cigarrillos y aumentar el precio, está probado que las grandes industrias creen que somos idiotas (y lo somos, por lo menos yo que los compro) y no tienen reparo en ocultarlo.

No se van, más bien sacan de la maletera del auto una infinidad de botellas de vidrio, seguramente con alcohol lo suficientemente potente para darles a los muchachotes una bonita y romántica velada con sus compañeras (o sus cuerpos inertes) que parecen haber nadado en una placenta llena de alcohol por la manera cómo soportan estoicas. Yo soy pollo y con dos copitas hago escándalos, me sorprendo y avergüenzo en silencio.

Cabreado por no poder dormir tranquilo arrojo un zapato mientras grito improperios desde el balcón esperando que si nos los ahuyenta el golpe y la hostilidad, los ahuyente el olor no muy deleitable y sobrecogedor. Veo que uno de los muchachos, el más flaco, busca en derredor pero no me encuentra porque está tan borracho que no puede ni siquiera darse la vuelta, luego el otro chico les enseña el zapato de cuero que uso con ternos a las muchachas y todos ríen y siguen en su carnaval desfachatado usando insolentemente mi zapato para botar la ceniza y la espuma de la cerveza que queda.

Estoy al borde de una ataque de locura, han ganado una batalla, pero no conseguirán la victoria. Busco en la refrigeradora (que funciona mejor que las páginas amarillas) el número telefónico de los serenos de La Molina. Ellos me ajusticiarán, digo convencido. Llamo insistentemente pero nadie parece dispuesto a rescatar mi paz, me ofrecen enviar una patrulla y me advierten que deje de llamar. Vuelvo al balcón, enciendo otro cigarrillo estafador y espero pacientemente. A los veinte minutos veo aproximarse a la cuadra una moto lineal con la insignificante humanidad de un sereno medio dormido.

Envalentonado se acerca al auto y a sus dueños, que a estas alturas creen que el Yaris es un Lamborgini del año y que son magnates rusos con mucho poder, y no me sorprende porque hasta mi balcón llega el sobrecogedor y prohibido aroma de un porrito consumiéndose. El sujeto gordo y velludo que tiene entre sus dedos el porrito habla con el justiciero pigmeo, agachándose, naturalmente y después de dos o tres pitadas mi don quijote limeño es convencido y se retira feliz y más despierto que cuando llegó.

Suena cada vez más alto el: Kuriquitaca ti, Kuriquitaca ta o como quiera que se escriba y las chicas se menean como poseídas por Lucifer. Es un espectáculo interesante y me quedaría a verlo, pero estoy bastante cansado y sólo pienso en dormir.

Las muchachas cantan con voz quebrada y dejada, notoriamente ebrias, un arrastrado: Yo no sé mañana… Yo no sé mañana. Entiendo perfectamente, yo tampoco sé si después de ingerir esa mixtura de tóxicos existirá un mañana para esas chicas. Y si existe, yo no sé si será muy prometedor después de esa noche llena de azotes y bailes cachondos con frotaditas atrevidas y sandungueo. Quizá sea su último día de solteras (o de menstruantes) antes de mañana.

Yo no sé si mañana seguiré teniendo colgajo.

Resignado y derrotado, voy a la cocina, me sirvo un poco de jugo de manzana del cartón y me tomo tres pastillas para olvidar la fiebre esnob (snob para los exquisitos) que se vive afuera de mi casa, frente a mi cuarto; para olvidar los modales improbables de los dueños de un Lamborgini de lujo y de su refinadísima manera de tratar a las damas. De paso olvidar también que tengo cojones y rezar para que mañana sigan ahí, intactos.

sábado, 9 de enero de 2010

El placer oculto en la soledad

Rara vez salgo a caminar o a trotar (que es más raro aún) por las calles de Lima porque siempre me parece que hay mucha gente y casi toda alborotada, como si necesitaran ir al baño con una urgencia diabólica y contagiosa.

Cuando salgo a caminar siempre es cerca de mi casa en La Molina porque hay menos gente en las calles, la mayoría son señoras octogenarias que van despacito a la parroquia local, siempre saludan alegremente y no se detienen para entrevistarte y aburrirte con las tediosas chácharas reservadas para el té de las vecinas de la cuadra todos los domingos después de la misa del padrecito Rubén (menudo picarón).

Cuando salgo a caminar siempre lo hago solo. El doctor me aseguró que sería una terapia perfecta el caminar solo y pensar, ordenar las ideas, sentirse iluminado y renovado por el aire fresco de la mañana. Es mentira, se trata de una afirmación fraudulenta. Cuando camino solo no quiero pensar, no quiero iluminarme ni cargarme de la positiva energía del ambiente (que nunca es tanta, más si sólo hay especimenes caducos y seniles en derredor) lo único que quiero es no pensar, no ordenar nada, dejarlo como está y olvidarme que tengo que ordenarlo en algún momento. Tratar de ordenar algo en mi mente resulta no menos que una tortura.

Cuando camino en Chiclayo, que también es bastante inusual, lo hago amparado en la frescura de la noche y suelo recorrer distancias más o menos largas, no hay muchas personas en la vía ni muchos autos en la carretera, es perfecto para olvidar quien eres y caminar sintiéndote otra persona, encubrir tu identidad y buscar problemas.

Yo hace tiempo que dejé de buscar problemas, la última vez desperté en el hospital bastante maltrecho, semidesnudo y bajo los espirituosos efectos de algo que debí ingerir antes del conflicto que resultó ser una masacre cruel contra mi persona y la de mi hermano Raúl (aún seguimos buscando el lugar donde lo compramos).

No me gusta caminar acompañado ni en Lima ni en Chiclayo, debe ser porque casi nunca tengo quien me acompañe; pero estar con otra persona convierte mi incursión a lo desconocido con mi identidad desconocida en un predecible, aburrido y molesto viaje en el que debo resignarme no sólo a tratar de no pensar en mí y en mis enredos, sino también en tratar de olvidar a la otra persona que insiste en contarme los suyos.

Claro, siempre existe una excepción para todo. Me gusta caminar con mi chica por varias razones. La primera es que me gusta cómo camina, tan distinguida, elegante y despreocupada. Muy diferente a mi andar descompasado, arrítmico y distraído. Me ayuda a olvidarme de mí, me vuelvo parte de ella y me dejo arrastrar obediente por caminos que desconozco guardando en secreto la esperanza de perderme junto a ella. De perderme para toda la vida.

La segunda es que sabe cómo captar mi atención cuando me distraigo mucho y estoy a punto de arrojarme a las fauces de los peligrosos conductores de coaster. Esos depredadores furtivos. Me ha salvado la vida en innumerables ocasiones.

La tercera es una razón meramente vanidosa y engreída de mi parte. Sencillamente me gusta caminar con ella porque es guapa y uno siempre quiere tener cerca de una mujer guapa (si es divertida mucho mejor) y la última de las razones es que no tengo que esforzarme por ser mejor de lo que realmente soy (o por lo menos más amable, esto no quiere decir que la trate con poca amabilidad o cariño), puedo dejar de lado la figura impostada y mentirosa por la que soy poseído muchas veces y convencerme que estoy con ella y que, en cierto modo, estoy solo; pero no es una soledad molesta ni triste, es una soledad que me da la certeza que ella es parte de mí y yo parte de ella, es una soledad gratificante y feliz.

Yo pienso que las personas le rehuyen a la soledad porque saben que al encontrarse sin nadie más cerca de ellos puede aflorar quien son en realidad, pueden dejar salir todas sus miserias y aberraciones, toda la mierda que llevan dentro de sí y eso les asusta; entonces, presas del miedo, tratan de rodearse de más personas (con el mismo problema) y esforzarse por ser amables y educadísimos para todos y con todos.

Así, su verdadera identidad se confunde con la identidad amable impostora y todo termina siendo una gran falsedad mojada en un sentimiento enfermizo de culpabilidad. Eso hace a la gente infeliz. Rehuir de la soledad por miedo a sí mismos hace a la gente infeliz y, en cierto modo, los convierte en unos pusilánimes. Son infelices porque no viven libres de la carga de su mentira.

No digo que yo viva transparentemente, sería una grotesca invención mía hacerle creer a todos que yo soy transparente y sincero con todos. No lo soy, o por lo menos no siempre. Lo soy cuando camino y finjo ser otra persona. No puedo serlo cuando camino con alguien más. Lo soy cuando camino con mi chica. Lo soy cuando caminando logro olvidar las tares pendientes, las fechas importantes, las obligaciones y la basta lista de rencillas que tengo (que tienen en mi contra, para ser más exacto).

Soy sincero únicamente cuando estoy solo; sin embargo, el estar solo me convierte también en una peor persona, menos amable y educada. Me transforma en quien realmente soy.

Me reconozco como una mala persona y no tengo problemas ni complejos en admitirlo. Me gusta ser una mala persona porque me libera de la carga cruenta que significa mantener una impostura. Mi soledad no me acongoja en lo más mínimo, no me molesta. Disfruto de mi soledad feliz.

He sido una mala persona por mucho tiempo, casi todo el tiempo que llevo como ser humano, lo cual me hace inferir que – lógicamente – siempre he estado tentado a ser más una mala persona que una buena persona. Yo no creo que esto sea una condena a la que he de resignarme, lo entiendo más bien como un mérito sincero que hay que reconocer y aceptar, tratando de cultivar lo que sea que me haga más feliz, aún cuando sean improbidades (perversiones) repudiadas como el egoísmo, la pereza, el libertinaje y el ocio. Todo en pro de una vida más placentera, exenta de preocupaciones y falsedades.

Ciertamente soy más feliz cuando consigo estar solo y caminar solo por calles desiertas de La Molina o Chiclayo. Evidentemente, no puedo probar lo que he dicho y no puedo, tampoco, asegurar que a todas las personas del mundo les pasa lo mismo que a mí; pero tengo el convencimiento ciego y reconfortante que es una verdad probada por mí mismo para mí mismo. Que no hago mal siendo una mala persona y mostrándolo mientras camino por La Fontana, sino que hago bien.

Lo sé ahora que estoy solo y soy sincero, lo sé ahora que disfruto de mi soledad.

jueves, 7 de enero de 2010

Los pollos no vuelan

No existe la clase alta, así como tampoco la clase baja; son ficciones afiebradas de algunos megalómanos inmodestos para separar de ellos a los que no consideran sus iguales y que, dicho sea de paso, creen son lo suficientemente estúpidos para afirmarlo y obedecerlo.

Si existiera la clase alta, ¿cómo sabríamos quiénes la conforman? la respuesta sería mera relatividad de opiniones disparataras y paparruchadas porque, que yo sepa, no existe ninguna colegiatura ni candidatura alguna que te permita alcanzar ese título. Inclusive, fuera de los requerimientos mínimos que tratan de imponer algunos economistas algo despistados, no existe perdurabilidad en las dimensiones que se emplean para la medición, se han variado (e incluido) muchas dimensiones a lo largo del tiempo; así Marx definía las clases económicas en torno a su función estructural en las relaciones sociales de producción, no en escalas posicionales de poder, riqueza y prestigio como sí lo hacía Weber.

¿Cómo podemos clasificar algo tan variable y complejo? A nivel nacional sería más fácil que a nivel mundial porque en la idiosincrasia peruana todo se clasifica usando el dinero de por medio, así la grotesca grieta que separa los ingresos de unas personas y de otras sirve perfectamente para su fin; sin embargo, a nivel mundial resultaría tarea de acomplejados áulicos con tiempo de sobra. Si tenemos en cuenta que al juntar a las quinientas personas con más dinero en el mundo obtendremos el veinte por ciento del dinero total circulando legalmente (y sólo hablando de dinero, sin tocar el tema de poder y prestigio que no siempre van de la mano) pensaríamos: bueno, ahí tenemos a la clase alta. Pero ¿qué pasaría con los empresarios peruanos dueños de compañías y propiedades que, a ciencia cierta, no están dentro de esa recuenta? ¿Ellos no son clase alta?
¡Coño, pero eso es imposible! si muchos tienen mercedes bens y viven en Las Casuarinas o zonas exclusivas de Lima y tienen gente sirviéndolos hasta en las más absurdas tareas, como recoger la mierda del perro por toda la casa (en vez de enseñarle al animal a hacer afuera).

Ahora, si pensamos que es obligatoriamente necesario ligar el dinero, el poder y el prestigio para ser llamado clase alta (que, valgan verdades, tiene más sentido) en el Perú encontraremos sino pocos, poquísimos.

Yo no creo en las separaciones de ningún tipo, la diferenciación que se ha puesto de moda en los últimos años es un arma peligrosa en manos de cualquiera; además de ser el, peligrosamente cercano, paso previo a la discriminación. No creo en la separación porque no encuentro dimensiones reales por las cuales situar a una persona por encima de otra y permitirle ciertos privilegios que son esquivos para el resto. Cuando hablamos de lo que se necesita para ser clase alta, media o baja (si es rigurosamente necesaria una separación) no puede ser que factores como la educación queden desplazados por otros como el poder, que objetivamente no puede reconocerse siempre como un mérito.
Escobar, el extinto capo colombiano de la droga, poseía un notable poder en Medellín, tanto entre sus conciudadanos como entre el resto de narcotraficantes de la región y del mundo. Escobar confinaba una parte de su dinero (que circulaba en bancos, increíblemente) a acciones sociales en Medellín, por lo que era querido y contaba con cierto prestigio y reconocimiento. ¿Clase alta?

Existen personas más ricas que otras en el país y en el mundo, para nadie es un secreto; así como existen personas con más clase que otras. Pero no existen personas que solamente por tener más dinero tengan más clase, eso se debe a la educación moral y académica, sin ser está más importante que la primera.

Es vergonzoso que en pleno siglo veintiuno hayan personas que amparan sus acciones déspotas, atolondradas, imprudentes y ofensivas en argumentos tan desgastados y difusos (por decir menos) como el clasismo, pretendiendo que sean consideradas extravagantes, cortas de importancia y de esta manera ser justificadas entre los que consideran sus subordinados.
Una persona clasista es ignorante e idiota, desubicada e incorregible. Un ser molesto que no puede sanamente resignarse a ser parte de una sociedad plural e igualitaria. Un tonto de cuidado.

Estoy cansado de ver a gente así, que viven como pollos, que saben que no van a volar pero siguen intentándolo y pisoteando a los que están cerca; pisoteando a los que trabajan para ellos (que mayormente son personas incólumes, educadas, generosas y trabajadoras, con más clase que ellos) o a cualquiera que consideren les debe yugo. Son víctimas de una sociedad alienada, llena de complejos y duramente golpeada por crisis sociales de las que aún no se recupera del todo. ¿Tanta fantochada y tanto esperpento tiene la clase alta?

Estoy igualmente cansado de ver gente que acepta ser injuriada por granujas que entienden natural tratar mejor a la mascota de la familia que a las personas.

Esto tiene que parar (sí, cómo no) el país no necesita más rencillas, o mejor dicho disímiles cruzadas, entre sus ciudadanos. El país -las personas- no necesita más desunión; se necesita concordia, coalición y consonancia.

Los pollos no vuelan, no han nacido para volar, hay que aceptarlo y dejarlo pasar.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Amigos de nadie

Solía gustarme Chiclayo, solía extrañarlo cuando me mudé a Lima; solía extrañar, también, a los amigos que tenía en ese momento y, en algunos casos, a sus padres, que tan bien me habían recibido en sus casas (una costumbre que se extingue rápidamente con el tiempo). Solía querer a Chiclayo.

Solía gustarme Lima, la extrañaba cuando estaba en Chiclayo; solía extrañar a mi chica, mis amigos y algunos profesores. Solía querer a Lima.

Puestos a elegir, preferiría no vivir ni en Lima ni en Chiclayo, pero eso sería imposible. Puestos a elegir, también, preferiría no tener amigos (o por lo menos no como muchos de los que tengo ahora) pero sé que eso tampoco es posible, lo cual es un poco decepcionante e inquietante.

Es inevitable que extrañe Lima cuando estoy en Chiclayo, y es igual de inevitable que extrañe Chiclayo cuando estoy en Lima. Esto se debe, principalmente, a que tanto en Lima como en Chiclayo tengo repartidas a las personas que considero más importantes; así que, cuando extraño a alguna voy por ella rápidamente. Ellos son mi cuidad, mi nacionalidad, a ellos retorno cuando estoy exhausto y necesito aliento, por eso no puedo estar lejos.

Los horarios universitarios me confinan a pasar las fiestas patrias y la Navidad en Chiclayo y el resto de tiempo en Lima (que siempre me parece más corto) así que, derrotado, sé que tengo que viajar en vísperas de Navidad y tratar de no aburrirme el resto del tiempo que me quede y no esté con mi familia, y tratar que ellos no se aburran conmigo el tiempo que pasemos juntos, que dicho sea de paso es una tarea abrumadora y rara vez la realizo exitosamente.

Por cuestiones de salud, cuando me enteré que mi hígado comenzaba a aburrirse de mí, dejé de beber; a pesar que, valgan verdades, jamás fui un aficionado de los licores ni de las cervezas, aún me siguen pareciendo todas iguales. Lastimosamente, no puedo decir lo mismo de las píldoras, mi hígado no comparte ese gusto.

Sin embargo, como siempre sucede, uno nunca se toma muy en serio estas cosas; la vida es corta de todas formas, por mucho que te quede, es una miseria si pensamos que hay vida hace millones de años; así que, años más, años menos. No soy muy adepto a las fiestas o reuniones sociales, les rehúyo porque uno nunca gana nada valioso y sin embargo siempre se pierde dinero y algo de tiempo, por decir menos; prefiero tomar un café con mi chica o con mis amigos o en el peor (o mejor) de los casos, no hablarles ni oírlos y escribir a solas. Pero hice una excepción obligatoria cuando me enteré del cumpleaños de un amigo y decidí ir y saludarlo, estuve poco tiempo y vi a mucha gente, muchas personas que conocía y que no conocía, sintiendo lógicamente más alegría al reconocer amigos que no veía hace bastante tiempo (aunque no a todos y no tanta).

Al principio la estaba pasando muy bien; más tarde, evidentemente, las personas que habían tomado considerablemente más que yo comenzaban a portarse como los mequetrefes que eran realmente. Los borrachos y los niños no mienten. Averigüé que algunos de los que decían que me querían ya no me quieren (hace tiempo que debí sospechar que era una impostura) y que los que se decían mis amigos no lo eran, nunca lo fueron. A decir verdad, no me molesta en lo más mínimo, casi todos podrían pensar lo mismo de mí y no a pocos les faltaría razón.

Y así como así, luego de muchos años y muchas personas, me entró una alergia a Chiclayo, una alergia crónica de la que espero no recuperarme, por el bien de todos (a decir verdad, porque me gustaría). No quiero volver a fingir. El histrionismo es lo mío, pero no hay que abusar de la ingenuidad de las personas, aunque sea tremendamente divertido, luego se vuelve peligroso.

A pesar de todo, he descubierto otra cosa interesante. Yo quiero a los pocos amigos que me van quedando, no puedo evitarlo; inclusive, aunque sean más de los que realmente quisiera tener, no puedo (y no quiero) perder su afecto, que a veces tanta falta me hace. Pero, al mismo tiempo, no quiero tenerlos cerca porque su presencia me es a veces incómoda y enredosa, me trae el recuerdo afiebrado de un “yo” falso, odioso, que intento reprimir constantemente y que siempre me gana la batalla por abolición.

Yo quiero a mis amigos de Chiclayo, a los que me quieren, porque hay algunos (o por lo menos uno) que sé que me quieren y que yo también los quiero, pero que no quiero ver. Sólo saber que están ahí, que existen, que les va bien y nada más. Disfruto más leyéndolos o mirándolos en fotografías del Facebook o del my space. Ahí, quietos e inofensivos, sin tediosas chácharas, sin explicaciones largas acerca de la universidad (es lógico que evite esto) y de Lima, Piura o Chiclayo.

Pensé que pasaría más tiempo en Chiclayo, pensé que aguantaría más la tortuosa e inhumana molestia que me genera estar lejos de Lima (y por ende, de todo lo que está allá) pero no pude. Ahora huyo despavorido, voy corriendo a buscar mi cuidad y a mi chica, aunque es probable que sólo la encuentre a ella en un país extranjero, alborotado, agreste y salvaje.

Ahora mismo voy a buscar un pasaje y abordaré de inmediato. Me alejaré, de nuevo, y esta vez por un largo tiempo de “Chiclayo: ciudad de la amistad” y volveré a “Lima: la fea” para estar tranquilo por pocos días, antes que decida a dónde iré.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Alicia

Alicia viste como varón porque ella cree que muy en el fondo de su ser (jamás me especificó qué tanto) habita un imberbe jovenzuelo apasionado, ígneo. No sale con chicos porque no la atraen, envidia su fisionomía, su camaradería, pero no se ilusiona con ellos, le resta importancia a los muchos que han intentado coquetearle torpemente o invitarle a comer algo al Real Plaza y le han pagado todo creyendo que por eso ella les debe el placer de una noche; ni un besito siquiera, dice.

Alicia vive en Chiclayo, es mi amiga (o mi amigo) y dice que encuentra en mí a su lado femenino, eso es extraño y en cierto modo perturbador, pero creo que la entiendo. Yo encuentro en mucha gente mi lado masculino, o más bien ellos lo encuentran cuando se meten conmigo.

Su papá es policía y es colombiano, pero no es un policía colombiano. Ella nació en Medellín, bella ciudad, pero la forzaron a venir al Perú cuando tenía 12 años, en 1993; su papá, y esto es algo confidencial, el señor Godofredo, perteneció a un grupo paramilitar llamado, o más bien apodado: los Pepes, en la época de la guerrilla contra Escobar en Colombia; cuando la cosa se puso fea y parecía que se iba a armar un culebrón bastante grande, se envalentonó y tomó una sabia decisión: huir. Cuando los matones de Escobar se enteraron que se iría le tomaron un pequeño recuerdo: una oreja y dos dedos (que luego reinsertó).

Alicia, al igual que muchos criminales y algunos inocentes que parecen criminales, ha sufrido el alcoholismo de Don Godofredo por años, lo ha atendido desde que su madre, Doña Catalina, murió acribillada mientras disparaba contra un miembro de la EPL colombiana, enrabietada por la muerte de los hermanos Moncada; fue de ella, de su madre, de quien heredó ese gen masculino, violento y querellador. Sospecho que fue de ella también de quien heredó el gusto por el sexo y por reproducirse sin cesar y sin descanso, aunque irónicamente ella sólo intenta fallidamente reproducirse homosexualmente.

Al contrario de lo que se esperaría, Alicia es una chica atractiva, lo que no significa que rigurosamente sea un chico atractivo; tiene ojos verdes, pequeños, como pellizcos, pero que contrastan perfectamente con su piel canela, tostada inclementemente por el sol norteño, y que alumbran como destellos su rostro pequeño y delicado, usa el cabello corto por razones evidentes y aunque trata tediosamente de disimular su sonrisa y volverla masculina, es imposible no notar lo bella que es.

Utiliza los blue jeans gastados de la moda de antaño, jamás pantalones pitillos puesto que, como ella dice, busca parecer masculina, no maricona. Polos sin estampado, casi siempre morados o negros y sandalias. Jamás usa maquillaje, no quiere parecer emo ni mucho menos, no porque tenga algo contra ellos, sino porque sencillamente le resultaría desagradable; para ellos está bien, para mí no, bromea bonita y forzadamente masculina (si es que se puede ser ambas cosas a la vez, yo creo que sí; en toda persona existe belleza independientemente de su género).

Alicia es brillante y deslumbrante, es escritora y pintora, estudió literatura en Santiago (dios sabe porqué) y ahora vive lejos de las rabietas de Don Godofredo y de las quejas de los vecinos heridos en media noche por la ira y la paranoia de su papá, que gritaba incompleto: “Muere Pablo, hijo de mil putas”. Ahora vive con una linda niña que adoptó porque quería concretar su deseo de ser padre y, por primera vez, darle amor y atención a alguien, para enseñarle que cada uno es lo que pueda crear, conocer y dominar, sin importar qué seas o quién seas o si estás en un cuerpo equivocado o en un mundo errado y ajeno.

Alicia pinta las paredes de mi cuarto cuando se lo pido y la pequeña Clit la ayuda incansablemente con su ropita de constructor amarilla y una gorrita gris que sólo permite apreciar su belleza, sin que pueda notarse claramente su sexo.

domingo, 22 de noviembre de 2009

El delatador

El delatador vive conmigo, estudia en la misma universidad, comemos juntos siempre, me acompaña al baño y duerme conmigo; inclusive, sale con mi chica siempre y la conquista a su modo, pero él no está enamorado; a él le encanta jugar con las personas que lo rodean, encantarlas, seducirlas y luego lastimarlas o, en el mejor de los casos, olvidarlas.

Luchamos una guerra furibunda y letal todos los días desde que tengo recuerdo, nos odiamos mutuamente, somos, como dice la canción: enemigos íntimos; sin embargo, sabemos que no podemos vivir sin el otro. Pero yo soy un torpe guerrero, un soldado bobalicón y cobarde, mientras él es bravo, indomable, con una lengua ponzoñosa, envenenada. Un sujeto de cuidado es el delatador que vive conmigo.
Casi ha crecido conmigo y conoce tan bien como yo a los pocos seres que me han conquistado y han logrado ganarse mi cariño y respeto, pero él los odia a todos, él es el que jamás perdonó una injuria y el que vive planeando dar biliosos golpes por doquier a las humanidades arrepentidas de todo aquel que en algún momento me propinó un inmerecido daño. Esto no quiere decir que él sea mi redentor justiciero ni mucho menos, esto significa que cada vez es más independiente de mí; que cada vez se siente más libre para actuar.

Se divierte doblegándome, desapareciéndome, tomando el control de todo mientras yo miro aterrado; cada vez se hace más fuerte y más cruel, las temibles batallas se convirtieron ahora en retiradas fugaces por mi parte, en escaramuzas desiguales, injustas. Mis tropas están cansadas, alicaídas, espantadas de tanto bombardeo, de tanta fuerza incontrolable que significa el delatador. Ya no puedo más.

Todos aman al delatador sin saber que están contribuyendo a que acabe conmigo, que me venza por fin. Lo aman y lo fortalecen, pero cometen todos un error, él no sabe lo que es querer, ni retribuir; lo agigantan ignorando que a la larga terminará por utilizarlos también, y hasta destruirlos si se interponen en su camino. El delatador se vuelve poderoso con cada risa que provoca, con cada persona a la que convence, con cada mequetrefe que ridiculiza; y se sabe poderoso ante mí porque es más corajudo y bravucón, porque, contrariamente a mí, avanza temerario en la vida, sin responsabilidades ni inconvenientes; mientras que yo cada día me debilito más pensando en el mañana, en mi futuro, en nuestro futuro, tan poco deslumbrante e incierto, como el desdichado y abnegado mártir que todos ignoran que soy.

El delatador es muy astuto, casi no tiene debilidades; sabe que yo las tengo por montones, sabe que me cuesta ocultarlas, que les temo sobremanera, que en el único espacio donde me siento seguro es en mí mismo, que me oculto cual tortuga en su caparazón; sabe, también, que tengo enemigos (que también son los suyos, a veces y en cierta forma) y que como él, quieren verme hundido, pero no encuentran la manera de derrotarme. Él se las cuenta, me delata. Ahora que está tan de moda, les vende información confidencial, me vende completo, como si hubiera olvidado que sin mí no puede existir, a cambio de jolgorio y zambra soy cedido. Ventila, oliscón, todos mis defectos, mis cojeras, mi vida completa e intimidades vergonzosas, por eso la gente lo adora. Por eso todos lo celebran y se ríen de mí (pensando que conmigo), llaman valentía y desinhibición a esa vil traición, deplorable hasta en enemigos.

Todos le temen al delatador, y con razón; ha acabado cuando ha querido y como ha querido con todos sus enemigos y muchos míos, también; los ha humillado grosera y cruelmente. Brilla con luz propia dondequiera que desee lucir su peligrosa habilidad de transformar todo lo acumulado de su espionaje, robándole información a mi realidad y tomando posesión de mis secretos, en material explosivo, corrosivo y atractivo, en mentiras persuasivas y creíbles hasta para los más desconfiados oyentes y lectores.

El delatador siempre emerge, en cualquier momento y en cualquier lugar; ha adquirido el control absoluto en este aspecto.
Como consecuencia de las observaciones que hizo de todas las personas que nos rodean ha aprendido cómo comportarse con cada una, convirtiéndose así en un hipócrita consumado, pero peligroso; una víbora opaca, camuflada y peligrosa, un lobo cubierto de lana. Alimenta su ego con la necesidad de los otros de tenerlo cerca y alimentarse de sus mórbidas palabras, gestos y miradas; los utiliza a su manera, pero no puede controlarlos aún; se prostituye con ellos para volverlos adictos a su libido, a sus lujuriosas chácharas. Porque él no está con ellos por cariño, está siempre con ellos para poseer el poder suficiente que le permita luego ganar tanto dinero como sea posible, de la manera que sea posible, y así apartarlos y no verlos más. Son su entrenamiento y práctica. Son su alimento.

Su mentor es un personaje conocido y desconocido a la vez; es “público” porque mucha gente lo ve, lee y admira, y es desconocido porque sólo se muestra tal cual es con el delatador. Todos ignoran lo que a hurtadillas y con maleficencia traman juntos en conocidos cafés de Lima.
El delatador lo admira, pero sabe que en algún momento será necesario destruirlo, su mentor lo sabe, se lo ha escuchado decir, pero lo deja pasar, le gusta; sabe que su legado de astucia y disimulo verá un futuro seguro en las manos del delatador.

Nunca tiene miedo, yo siempre lo tengo, soy un cobarde consumado. Él es el que grita por mi boca, desde mi interior, cuando ha decidido hacer sufrir a mi chica; las lágrimas son mías cuando he decidido volver a batallar, querellarlo por hacerle mal al único que ser amo aquí, en Lima. Él trata de convencerme que no existe el amor.

Él es el que espera que a todos les vaya mal, que les vaya peor que a él; es él quien disfruta provocando profundas heridas en los que osan enfrentársele. Soy yo el que teme ser herido.

Él es el que sólo piensa en sexo, el que tiene fantasías inmundas, deseos y perversiones bajas y mordaces. Es él quien piensa que el dinero hace la felicidad y se ríe como un lunático cuando lo consigue a costa del sufrimiento de otros.
Es él quien va a negar todos estos ataques, con miradas de complicidad y risas fingidas.

Soy yo, quizá, la mejor parte que algunos han conocido y él la peor. Soy yo el que me disculpo cuando él enloquece y hiere. Soy yo el pusilánime que se ha resignado a ser un personaje menor del acontecer diario del mundo. Soy yo el avinagrado y parco que ríe con nadie, que casi no tiene amigos, que nunca se burla de los demás, que jamás pensaría en decir una procacidad, que respeta a las religiones y hasta reza. Es él quien me hace agnóstico a todo.

No estoy seguro de qué es lo que pretende, no sé bien si será mejor o peor su dominio sobre mí; quizá observarlo escondido acabar con mis dificultades sea mejor que seguir librando esta disímil cruzada que sólo me provoca más desaires.
Siendo, como soy, forzosamente, un oyente más y un lector más del delatador, temo el sentirme desnudo sin su poderosa presencia en mi ser; temo no ser tan distinto a él: resignado a ser mediocre; me reconozco a veces en él, sé que no puedo ser como él y decido odiarlo. Temo seguir temiendo.

No hay que amar al delatador, tampoco hay que temerle. Hay que aceptar que la peor parte está por venir, solamente.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Añoro

¿Cuándo será, hermanos,
que un domingo de misa,
por pesares tercos,
recalcitrantes,
nos dispongamos
a la mesa, libres
del adiestramiento en
la mezquindad
para aprender a aceptarnos?

¿Cuándo será, hermanos?

Que un domingo agrio,
con el sol norteño,
sin pesares y holgados
disfrutemos sin usura
de las leyes de la sangre.

¿Cuándo será, hermanos?

Que rememoremos
los tiempos mozos de
la célibe estructura familiar,
que núbil y cándida,
ardía a todos con su calor.

Vocación de crío

De niño siempre pensaba en que quería ser ingeniero, firmar cartas antecediendo a mi nombre un ING importantísimo, que me llamaran ingeniero Marco Vásquez, con respeto, como a mi padre, y que, como a él, obedecieran y respetaran; quería tener un escritorio en algún lugar lejano de mi casa (y otro alejado de ella) que dijera: Director, como el de mi papá, y quería que me dejaran meter los goles cuando se fugaba fútbol y hacer los puntos cuando se jugaba voley.

No tenía ni idea, como va quedando sobradamente en evidencia, de lo que era ser un ingeniero. Pero en ese momento estaba apasionado por la idea, así que viajaba constantemente acompañando a mi padre por todo el Perú, esperando encontrar, como siempre sucedía, al final del camino un palacio, un cuarto, un edificio que tuviera adentro, en un rincón alejado, el escritorio del Director y una silla giratoria al costado reservada para su hijo, el que quería ser Director y reemplazar a papá en su tarea.
Alimentaba de esa manera el ansia que sentía por crecer y estudiar ingeniería.

Además, por aquellos tiempos, era el único hijo de mis padres (creo que mi primer hermano estaba en camino, confabulando mi derrota en la batalla por el cariño de papi y mami) y vivía notoriamente holgado, disfrutando y acostumbrándome a complacencias costosas y exuberantes. Estaba decidido: Sería ingeniero (o por lo menos firmaría como uno).

En secreto robaba los sellos de mi padre, las hojas, los expedientes, todo. Los guardaba para mí, al fin y al cabo decían: Ingeniero Marco Vásquez. Director. Me ahorraría dinero si usaba esos y no compraba otros: pensaba sonriente, ondulado, orejón y convencido.

Pero sucedió.

Siempre he pensado que estar en un aula reprime el potencial creativo e imaginativo de un niño, llegando al punto, incluso, de paliar sus aspiraciones y sueños (por eso es que procuro esmeradamente no estar en ninguna).
Acelerada y atropellada pasó mi primaria con algunos recuerdos memorables, felices. Esperaba al fin de cada año para que me dieran el diploma, me felicitaran y todo; éramos sólo once los premiados y doscientos los ausentes, siempre creí que era injusto y denigrante que a tamaña cantidad de niños infecundos se les obligara a aplaudirnos por algo que yo no entendía bien, por cartulina y una foto. Mi mamá estaba feliz, yo no. En la cartulina decía todo menos ING.
La profesora decía que eso era lo que todos nosotros queríamos, que estudiáramos para conseguirlo, que ese diploma nos haría felices. Mandona y convincente era la profesora de las faldas pequeñas y las blusas transparentes.
Pero yo quería ser ingeniero y esperaba bien obediente a diciembre del próximo año a ver si esta vez lo notaban y ponían ING antes de mi nombre.

Vino la secundaria, los vellos, la nueva voz, el crecimiento, la masturbación y luego el sexo torpe; y hasta ahí todo bien, pero llegaron también, dispuestos a arruinarme la vida: los algoritmos, las quebradas, funciones y todo eso que soporté, y en lo que resalté, por tres años. Los últimos dos aprobé o porque en los colegios del Opus a los profesores les gustan ondulados, o porque a los profesores les gustaba darle la mano a mi papá. Lo cierto es que me divorcié de los números, de la matemática, de mis sueños infantiles y de la mesa con placa que dijera: Director, con sus sellos y papeles ordenados.
Una tarde de invierno, mientras veía “Cara Cortada, el precio del poder” quise ser Al Pacino, o mejor dicho, Tony Montana, porque a pesar de haber aprendido tan bien el arte del histrionismo en la secundaria, sabía que en el Perú para ser actor había que ser modelo y malhablado y yo no calificaba para ninguno de los dos requerimientos. Me gustaba solamente un requisito secundario desprendible del primero: estar dispuesto a desnudarse frente a cámaras y ensayar durante horas la escena del sexo con una modelo malhablada.
Pero quería ser Tony Montana. Me gustaban los autos caros (a pesar que no sabía, ni sé, nada ellos), las mujeres dispuestas, las armas y la droga; era perfecto para mí. Lastimosamente descubrí rápido que no era lo mío, pues se tenía que estar dispuesto a todo y yo no estaba dispuesto a nada, a pesar de eso practiqué unas veces, pero nunca llegué a las grandes ligas.

Rescaté algo de mi ambiciosa carrera por ser un ingeniero: el gusto por viajar. Amo viajar (a veces más lejos de lo que debería y lo que está permitido). Inclusive amo ir a la casa de mi chica y volver a la mía, que se encuentran separadas, maléficamente, por dos horas, para ver el camino, los carros feos, la Lima gris, la Lima bonita, y mirar a las personas correr como drogadictos de un lugar a otro.

Por eso ahora, consecuencia de uno de mis viajes, el más largo y provechoso, descubrí en la librería Crisol del Jockey Plaza – en la sección infantil – que quería ser escritor.

Hacía buen tiempo para las radios, para mí era horrible; estaba libre y mi chica quería que paseáramos. Fuimos al Jockey convencidos que encontraríamos algo que hacer. Fallamos. De todas formas fuimos a comer algo y después, para no sentir el bandullo lleno y pesado, curioseamos en Crisol; nos agachamos a ver los libros, ella va a la parte de sexualidad, me llama, lujuriosos planeamos en silencio, cómplices; estamos cansados ahora y queremos sentarnos, los libros me fascinan, quiero leerlos todos, ella encuentra una mesa ridículamente pequeña y mal adornada que parece ser la sección infantil, comprendimos al ver que estaba vacía porqué en el país seguían existiendo niños babositos que hablan como el carajo, con barbarismos y notoria influencia de las animaciones estadounidenses que pasan en el cable; nos sentamos y no cabemos, vemos un espacio escalonado a la izquierda, perfecto; ella se queda ojeando, husmeando, yo secuestro un libro de Saramago, vilmente y con pecaminosidad, lo conduzco hasta mi nuevo recinto, le quito disimuladamente el plástico que lo envuelve y lo devoro enseguida. Así con Vargas Llosa, así con Ovejero, así con todos, excepto con Beto Ortiz, al que escupí con asco y malquerencia, y él que decía un: “Por favor, no me beses”, que debió ser una súplica de “Por favor, no me escupas”.

Así, burlándome de mi trillado pasado colegial, de mi secundaria libidinosa, prepotente y tóxica, de mi primaria precoz, llorona, de mis profesoras con piernas largas y blusas translúcidas, de mis profesores del Opus, chistosos, irrisibles y mandones, de la represión que son las aulas, las carpetas, las pizarras, de todo; burlándome de todo vuelvo a ser un niño, vuelvo a soñar con el futuro, con mis bigotes y mis barbas; y vuelvo a ver sonriente, ondulado y orejón la vida tan curiosa como es.

Ahora quiero ser ingeniero y tener mi escritorio, mis sellos, mis papeles; quiero ser abogado y, bueno la razón la sigo pensando; quiero ser narcotraficante porque me gusta el poder, quiero ser escritor porque deseo ser libre.
Quiero ser escritor porque quiero ser un niño por siempre.